Eduardo Galeano

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domingo, 8 de febrero de 2015

La campaña electoral perjudica la salud.



Pobreza energética

Al ver el importe de mi última factura de gas, 290 euros, he sentido indignación, sobre todo por el uso prudente del que hacemos de este servicio en casa. Pero al momento he tenido una rara mezcla de alegría (me siento un afortunado por poder pagarla) y tristeza (por todos aquellos que sufren eso que llaman ahora “pobreza energética”).
Por cierto, en un contexto actual de deflación y abaratamiento de las materias primas, ¿cómo es posible que cada año paguemos más por los suministros domésticos?— 
Viva la reforma
Me levanto inquieto: anoche escuché que los contribuyentes asumiremos el coste por la salida a Bolsa de Bankia y que el Constitucional, con el mismo ponente que la inspiró, avala la reforma laboral. Las autoridades de Empleo muestran su satisfacción. Me desayuno con casi 80.000 parados más, cerca de un cuarto de millón de afiliados a la Seguridad Social menos y dos millones y medio de desempleados sin prestación alguna. Las autoridades de Empleo dicen que ahí está la prueba del éxito de la reforma laboral y de la solidez de la recuperación económica. Me acostaré tranquilo: en algún lugar han apuntado que la culpa es de los Gobiernos de Rodríguez Zapatero. Acabáramos.—

Dejemos de fingir

Como dijo Nuccio Ordine, la economía dominante insiste en mirar hoy en día tan solo a la producción y el consumo. Keynes ya dijo que la economía es un mal necesario que nos forzaría a fingir durante 100 años que lo justo es malo y lo malo es justo, porque lo malo es útil y lo justo no lo es. Seguimos fingiendo y por ello hemos padecido una nueva crisis en la que los que más han sufrido han sido los ciudadanos sencillos y honrados. Las organizaciones gestoras de nuestras vidas (Gobiernos, Unión Europea) han decidido defender lo malo y abandonar al sufrimiento a los europeos (“agradeciendo su sacrificio”, cruel eufemismo).
Pero lo peor es que nuestra estructura social y económica ha abandonado a su suerte a sus hijos, nuestros hijos. No importa la educación, no importa la dignidad de las condiciones de trabajo, no importa la felicidad. Sólo importa no molestar al poder financiero. Nunca en la historia de la humanidad ha quedado tan manifiesto ese desprecio por el futuro de sus hijos, por el futuro de la especie. Al menos, el resto de animales mantienen el compromiso biológico. Nosotros lo hemos aniquilado.
Hay que cambiar de rumbo, ya. Y hacer lo bueno, porque es justo. Dejemos de fingir.—