Eduardo Galeano

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miércoles, 28 de enero de 2015

Nos hemos olvidado que eran de los nuestros




Los resultados de las elecciones griegas, pese a haberse confirmado los pronósticos, han sido recibidos por muchos como una conmoción, y por no pocos como un error por parte de los griegos, del que ahora será menester sacarlos llevando al líder de la triunfante Syriza al redil de la razón austera (esa que profesan Merkel y el Bundesbank y a su dictado toda la Eurozona, mientras en Londres o Washington van a su bola y crean empleo). Los que juzgan ese empeño impracticable dibujan ya escenarios apocalípticos, con un Tsipras impermeable a toda sensatez provocando el impago de la deuda, la crisis del euro y la eventual salida de su país de la moneda única. Pero los cataclismos no se producen con tanta facilidad, cuando en las dos partes hay inteligencia y voluntad de hallar un entendimiento y, lo que es aún más decisivo, cuando existe la necesidad de alcanzarlo.

Algunos no creemos que los griegos se hayan equivocado, entre otras cosas porque el fundamento mismo de la democracia (que, por cierto, inventaron ellos) es que la voluntad mayoritaria define en cada momento el mejor itinerario que puede seguir una comunidad. A veces, y a posteriori, la Historia determina que la decisión de la mayoría fue desafortunada, pero a menudo, cuando tal sucede, el error no está en esa decisión popular, sino en factores previos e ignorados por los votantes, o posteriores y que escaparon a su voluntad expresada en las urnas o incluso la contravinieron. Al margen de estas consideraciones teóricas, más de la mitad de los griegos (si contamos, junto a los votos de Syriza, los de otros partidos nuevos) han considerado oportuno lanzarle a Europa un claro mensaje

Puesto en pocas palabras, se resumiría así: «No nos habéis tratado como se trata a la propia gente, nos habéis cobrado sin piedad nuestros errores como sociedad y aún hemos tenido que pagar los yerros de quienes en otro momento, entre nosotros, eran vuestros factores y agentes. Como europeos, desearíamos más consideración, y os pedimos que, ya que hemos de pagar por lo que hicimos mal, nos déis una oportunidad de hacerlo sin perecer en el empeño».

No merece la pena abundar en los graves descontroles de las finanzas públicas y privadas griegas. Cuando un hijo mete la pata en un negocio o en su vida personal, la reacción de la familia no es sumarse a sus lapidadores, sino tratar de echarle una mano, arrimándole una ayuda que a lo mejor no se ha ganado, para que se rehaga y se enderece. Y eso, que sin duda lo habría hecho por los franceses o los británicos, la Europa germánica no lo ha hecho por los griegos.

Nos hemos olvidado que eran de los nuestros, y ellos le han dado el poder a quien va a recordárnoslo. Así se llegará a mejores acuerdos. Por el bien de Grecia. Por el bien de Europa.

martes, 6 de enero de 2015

Apagaba su viejo televisor a distancia con el mango de una escoba.



Por qué lo llaman populismo si, en realidad, lo que se quiere decir es justicia social. Por qué lo llaman populismo si semejante término ni siquiera está registrado en el diccionario de la Real Academia. Es increíble; hay “populismo” en Reino Unido con el partido UKIP, en Grecia con Syriza, en Francia con Marine Le Pen, en Italia con el Movimiento Cinco Estrellas, en España con Podemos y hasta en Estados Unidos con “el nuevo populismo” de la senadora demócrata Warren; quien, por cierto, como casi todos los “populismos”, lo único que predica es justicia social: que las grandes corporaciones económicas dejen de actuar en el Senado como lobbies para obtener beneficios y exenciones fiscales.
Si en algo están de acuerdo economistas de pelaje variopinto, desde keynesianos a ultraneoliberales (los datos se manipulan, pero no pueden ocultar por entero toda la verdad) es que la crisis la han pagado con creces los pobres y las clases medias. Los ricos han ganado más dinero que nunca. “Las brechas se han ensanchado” es el eufemismo que se recita.
Entonces, ¿a qué viene amenazar a la opinión pública con que vienen los populistas? (Esta palabra sí existe). ¿Acaso abogar por los intereses de la gente común es algo peligroso? Otra cosa es que llegados al Gobierno, si es que llegan, quieran o puedan cumplir sus promesas.

Soy autónoma y cumplo con mis obligaciones a rajatabla, tanto las que tienen que ver con la Seguridad Social, como con mi IRPF e IVA. Sobre todo el bendito IVA, que ha hecho que muchas veces tire de mis tarjetas de crédito para pagar en los plazos establecidos.
Hice mi declaración el 9 de mayo de 2014 en la que me debían devolver casi 6.000 euros, fruto de mis 12 horas de trabajo diario, incluido algún fin de semana y festivo.
Soy madre divorciada, por lo que durante este tiempo he tenido que sortear cambios de estaciones para un niño que crece, vacaciones de verano sin salir ni a la esquina, vueltas al cole y ahora una cuesta de enero que se prevé abismal, no precisamente por los regalos y las cenas con los amigos, sino por volver a empezar otro mes y ahora otro año en números rojos. Y yo sigo esperando, después de siete meses, que me paguen el dinero que me corresponde.
El 5 de enero me pasarán un recibo aplazado del IVA que ya no podré sortear, y la respuesta en Hacienda es que están “comprobando mi declaración” (¡Llevan siete meses de comprobación!) y que no me preocupe “que a partir del 1 de enero voy a ganar intereses”; ¿qué suerte no?

El dinero no da la felicidad pero calma mucho los nervios, dice Woody Allen. Estamos asistiendo a una época en la que se están descubriendo los ingresos exagerados que percibían una serie de personajes que, mientras reducían los salarios de sus empleados, o de toda la ciudadanía, ellos se aplicaban cantidades sin atenerse a control ninguno. Por otro lado, se lee que en los mercados hay excesiva liquidez y no se sabe en qué invertir. Hemos comprobado a qué nos ha abocado este exceso de liquidez y la falta de control existente.
En la época opulenta, hasta el PSOE se negó a subir el impuesto a los muy ricos. Así que parece que hay suficiente dinero para que pueda calmar más nervios de los que en la actualidad calma, y evitar esta bacanal de avaricia a la que, perplejos, asistimos. Hace falta una mejor distribución de la riqueza y mayores impuestos a las grandes empresas y fortunas. Y entonces, Woody Allen habría tenido razón

La fuente de financiación del BEI es la emisión de bonos, los países miembros son accionistas del BEI y por tanto proporcionan un respaldo en términos de capital.
La principal función del BEI es aportar financiación de largo plazo y a tipos de interés favorables (después de aplicar un coste de intermediación muy bajo) para proyectos consistentes con los objetivos de la UE. Para poder mantener la calificación de triple A, el BEI debe minimizar el riesgo crediticio en sus proyectos. Un cambio en este modelo de gestión (tomando más riesgo) como parece desprenderse de su participación en el Plan Juncker puede hacer perder al BEI su actual calificación y esto repercutiría en un aumento del coste de financiación de todos sus prestatarios y no solo los asociados con los proyectos del Plan Juncker.

El BEI puede equipararse a una caja de ahorro a nivel europeo, donde la ventaja financiera se traslada a proyectos de interés europeo en lugar de obra social. De igual forma, la actual presión para que el BEI tome más riesgo se puede comparar con la injerencia política en las cajas de ahorros en España, por pura miopía financiera y conveniencia de corto plazo, que solo ha servido para enviar a la quiebra a la mayoría de ellas y destruir la credibilidad de las que han sobrevivido.

Me siento en el sofá por fin, dispuesta a vaciar mi cerebro después de un día agotador, frente al televisor. Y, sin querer, tiro al suelo el mando a distancia, que cae de pico, abriéndose en dos y mostrando su escueto contenido de cables y bombillitas. Intento montarlo de todas las maneras posibles, pero no funciona, así que me dirijo al aparato receptor (en términos del manual informático que merece otra carta aparte) y me pongo a buscar algún botón o tecla escondidos que me permita cambiar de canal de forma mecánica, es decir, a dedo. Sin embargo, esta opción debe ser de lo más rara, porque por más que sobo y resobo e incluso acaricio el aparato en un momento de desesperación pensando que quizá con las buenas maneras me responda… mientras continúo hablando sola, y maldigo y rezo a ese dios menor que se ocupa de la electrónica... no consigo encontrar ningún mecanismo para encenderlo que no sea el maldito mando a distancia que yace a mis pies desguazado. ¿Es esta la supuesta comodidad que nos ofrece la electrónica, la hig-tech,las nuevas tecnologías? Por favor, señores informáticos, ingenieros de telecomunicaciones, directores de proyecto, fabricantes... ¿sería mucho pedir un botón manual, una clavija, un algo a lo que apretar cuando todo lo demás falla? Consuela mucho tener una salida de emergencia.
El padre de una amiga mía encendía y apagaba su viejo televisor analógico a distancia con el mango de una escoba, eso sí que era una herramienta útil y fácil de encontrar.