Eduardo Galeano

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martes, 25 de noviembre de 2014

Prestamistas ó bancos que mas da.





AQUÍ, mientras la noticia sigue siendo la mierda inagotable, los salarios insalubres, los jóvenes que huyen, el absurdo Nicolás y su alforja de sandeces, la gente estafada y los golfos intocables, una mujer de 85 años es expulsada de su casa de Vallecas como si fuese cartonaje. Carmen Martínez Ayuso, de 85 años, ha perdido su piso de siempre por la deuda de su hijo con un particular. Resulta increíble que a estas alturas no tengamos nada previsto para evitar quebrarle el sueño a una anciana y dejarla abandonada en la puta, indiferente y fría calle, con su bastoncito de sujetarse el miedo. Esto también es violencia. Y violencia de género.
A esta mujer que sólo sabe ser pobre le están aplicando un máster rápido en miseria. Da cierta vergüenza bajar al entresuelo de estas cosas, pero es que estas cosas aún ocurren. Queremos estar en la pomada y fingir la Marca España (y otras tantas idioteces) mientras seguimos echando viejos por los balcones como un escombro de ojos que lloran solos. Cuando la ley ampara a un tío para sacar de su piso a un viejo estamos ante una mierda de ley y ante un remiendo de tío. Aquí la lección la han dado los de la PAH y los del Rayo Vallecano, que han salido a darle amparo. Ése es el fútbol que mola. Carmen es de Vallecas y entre las gentes del barrio existe aún cierta nobleza. El Rayo también es pobre, pero sabe que el miedo de esta mujer espantada es un rasgo de dignidad y no un lamento mendicante.
El Rayo pagará un piso donde alojarla más por compromiso que por caridad, mientras el Ayuntamiento de Madrid esquiva este marrón humanitario ocupado en lañar las grietas dejadas dentro por los corruptos que albergó o que aún protege. Carmen pertenece a ese lugar callado de la vida que es la vejez, donde los solos se van quedando más solos. La vida les está durando más que la biografía y eso no gusta ni a las inmobiliarias ni a los desaprensivos. Su sucia burocracia acorta la vida que la ciencia alarga. Para ellos un viejo es un piso súbito y no ese patriarca (o matriarca) que da sombra de sabiduría. Son los grandes de la tribu los que nos enseñan tantas veces a ser jóvenes. Pero hay hijos de puta dispuestos a talarlos porque ya no son rentables. Aquí se mitifica cínicamente la juventud, porque es un mercado incesante, mientras se desconecta civilmente a los viejos. Y ese cruento trapicheo se nos nota. Arrebatarle a un viejo su casa es desguazarlo prematuramente y en crudo. Ellos, con los pies en su brasero, son el velamen de nuestra memoria antepasada. Esa erudición de tiempo ido bajo el solete de invierno. Y el Rayo lo sabe.